Opinión

Malos vicios de la empresa familiar

Jesús Jiménez (28/09/2016 17:48)

Seguro que están ustedes «hartos» de escuchar y/o leer aquello de que el tejido empresarial español está formado en su mayoría por pequeñas y medianas empresas. Es cierto. Según los datos que se manejan esa mayoría es abrumadora. Sin embargo, lo que se obvia casi siempre es que muchas de estas empresas son de carácter familiar. Ya saben: la secretaria es sobrina del jefe, ésta está casada con el comercial y en producción trabajan el yerno, un amigo de la infancia de éste y un nieto de la hermana mayor. Que sí, que todo queda en casa. Si nos ponemos románticos la cosa tiene su encanto. Con un poco de suerte no es necesaria ni la cena de Navidad, que con reunir a la familia el 25 de diciembre matamos dos pájaros de un tiro.

Lo cierto es que objetivamente no hay nada que impida a una empresa de estas características funcionar con eficacia. Ni el tamaño de la empresa, ni la relación personal que vincula a quienes trabajan en ella comportan en sí problema alguno. Pero no nos engañemos; las empresas familiares acostumbran, por desgracia, a estar muy mal gestionadas o, lo que es peor, a no estarlo. Siempre digo que en nuestro país hay magníficos fontaneros, carpinteros, arquitectos, mecánicos, horneros, médicos o transportistas (la lista sería interminable). Pero es difícil encontrar buenas empresas. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: las ganas de trabajar y el convencimiento de saber hacer bien su trabajo incita a muchas personas a «montar su empresa». Loable, insuficiente... y temerario.

No entraré a detallar los aspectos a tener en cuenta antes de crear una empresa (no es el objeto de este artículo). Mi intención es hoy la de resaltar, que no descubrir, siete «malos vicios» inherentes a la empresa familiar cuyo destierro es altamente aconsejable. Vaya por delante que son cuestiones básicas, simples, de poca envergadura; pero esenciales.

1. La caja. Tal vez la costumbre más reprobable sea la de mezclar la «caja de la empresa» con la «caja familiar». Si se coge dinero de la empresa para atender un asunto personal o si hay que echar mano de dinero personal para pagar a un proveedor, hay que reflejarlo. Tener mucho o poco dinero en caja no significa absolutamente nada si no llevamos un control exhaustivo de la misma. Y tener mucho o poco dinero en caja es un aspecto a tener en cuenta si queremos saber el estado de salud de nuestra empresa.

2. El organigrama. Por muy familiar que sea la empresa, las funciones y responsabilidades de cada uno de los trabajadores deben estar perfectamente definidas. Cuando algo falla debemos apuntar al responsable, y éste tiene que poner los medios para resolver la situación. Si todos hacemos de todo es imposible saber por dónde atajar el problema.

3. La contabilidad. Las sociedades están obligadas a registrar los movimientos de la sociedad mediante una contabilidad que deberán presentar cada año en el Registro Mercantil (los empresarios individuales no). No hablaré de cifras, porque no las tengo (ni nadie, seguramente), pero estoy seguro de que un altísimo porcentaje de las contabilidades registradas cada año reflejan vagamente la realidad de cada empresa (si es que llegan a reflejar algo). Y las peores corresponderán casi siempre a empresas familiares cuya contabilidad ha sido cerrada «a martillazos» por la asesoría de turno, que habrá hecho, con la información de que dispone, lo que buenamente haya podido. La contabilidad, además de una obligación (o no), es una herramienta de muchísima utilidad para la empresa, pero para ello debe reflejar fielmente la situación de ésta.

4. Tesorería vs estado de la empresa. La tesorería es el dato que más importa y afecta al pequeño empresario (al grande también le afecta, pero funciona de otro modo). Poder atender el pago de nóminas, proveedores o suministros proporciona la sensación de que todo va bien. No poder hacerlo nos da la impresión contraria. Sin embargo, ni una buena tesorería significa que todo va bien, ni tener problemas de tesorería supone que todo va mal (puede que la empresa dé beneficios, pero esté mal financiada, por ejemplo). Muchas empresas han cerrado en los últimos años sin conocer su verdadera situación; únicamente se han visto en un callejón sin salida, sin saber si realmente podían o no hacer algo para salvar su empresa. La tesorería es un dato importante, pero no el único.

5. No sentirse empresa. Esto tiene su gracia (según se mire). Es muy habitual escuchar aquello de «yo no tengo una empresa, tengo un negocio» o «yo soy autónomo». Pues bien, un pintor que trabaja solo es un empresario (un fontanero, un arquitecto...). Cualquier estructura más compleja es también, por extensión, una empresa. No sentirse empresa lleva a la conclusión de que no es necesario comportarse como tal. Y eso es un problema.

6. Confundir gastos deducibles con gastos imputables. No es tarea fácil imputar costes (tampoco en grandes empresas). Requiere de un estudio pormenorizado del día a día de la empresa. Es costumbre, en cambio, incorporar como gasto todo «lo que Hacienda nos deja» para pagar la menor cantidad de impuestos posible. Ese método no nos va a proporcionar resultados fiables; más cuando es habitual emplear recursos particulares para desarrollar la actividad de la empresa.

7. Las relaciones personales. Este es el problema más difícil de neutralizar. Las decisiones que se toman en la empresa pueden afectar también a relaciones personales. Es buena costumbre que, antes de ponerse a trabajar con un familiar o amigo, se deje claro que lo que sucede en la empresa es una cosa y lo que sucede fuera es otra. Pero tampoco seamos ingenuos; somos humanos, no máquinas, y lo emocional está ahí para lo bueno y para lo malo. Es imposible ser objetivo en un entorno con vínculos extralaborales. ¿Qué hacemos? Sobre todo ser conscientes de que debemos hacer siempre lo mejor para la empresa y, si esto entra en conflicto con cuestiones personales, resolverlo. Lo que no hay que hacer nunca es dejar pasar el tiempo. Los problemas no se arreglan solos; acostumbran a empeorar.

Podríamos decir aquello de que son todos los que están, pero no están todos los que son. De igual modo podríamos indicar que estos «malos vicios» también se pueden encontrar en empresas no familiares. Son en cambio situaciones muy habituales en empresas que tienden a confundir lo profesional y lo personal.

Manejar el rumbo de una empresa es cosa harto complicada. No hay empresa lo bastante pequeña como para no poder arruinar a su propietario. En cualquier caso, la conclusión dista mucho de ser pesimista. La empresa familiar no es un problema, ni es inviable, ni está condenada a desaparecer. Lo que necesita urgentemente es «ser empresa», comportarse como tal y no olvidar nunca que su objetivo es ganar dinero; cuanto más mejor.

 

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